Javier Aguirre puede respirar más tranquilo. Antes del encuentro frente al Racing dijo que contaba con el apoyo de los jugadores, y parece que es así. El juego rojiblanco no sufrió un cambio radical, pero sus futbolistas tienen algo de lo que carecían otras temporadas: pegada. Y si encima el rival te lo pone fácil quedándose con diez, pues el resultado es una goleada que, de momento, reconcilia a la grada con el mexicano.
Uno de sus chicos, Raúl García, fue el primero en dar el primer paso adelante. El navarro, pulmón rojiblanco por su potencia e incansable trabajo, se incorpora siempre con mucho criterio al ataque. Así abrió la cuenta el conjunto local. Agüero, el gran crack rojiblanco, rompió por la línea de fondo, su pase de la muerte le quedó muy atrás a Forlán, pero Reyes, otro de los destacados de la tarde, centró de primeras y el mal despeje de la zaga lo esperó en la frontal Raúl García para empalmar, con la izquierda, a la red
Reyes botó una falta con una precisión increíble y Agüero, pese a su escasa estatura, machacó el segundo de cabeza en el corazón del área pequeña. Los rojiblancos vieron el cielo abierto y se lanzaron en busca de la reconciliación con la grada. Agüero se sacó de la chistera una asistencia a Forlán para que batiera por bajo a Toño. La fiesta rojiblanca se completó con la salida de Reyes y Agüero con ovación de la grada incluida.
Pero la mejor jugada del encuentro se hizo esperar. Forlán peleó en la línea de fondo un balón perdido, lo controló con una calidad tremenda, cedió atrás a Luis García, que se inventó una asistencia sin mirar para la llegada de Simao y el portugués batió por debajo de las piernas a Toño. El Calderón no se lo creía, Aguirre menos todavía.